Reflexiones, Teoría y Cultura de Diseño

27 abril 2006

Conversaciones en torno a la educación del diseño

Van años escuchando tópicos semejantes

Los docentes de diseño quejándose del nivel de sus estudiantes, de la nula preparación “plástica”, de la incapacidad de “observar”, que comparadas con las generaciones pasadas las nuevas se pierden (mal) en la forma y olvidan contenido y mensaje, que la tarea de educar, mostrar y guiar a las nuevas generaciones se pierde en la adoración de las novedades tecnológicas, el consumo y la autocomplacencia.
Por su parte estudiantes inquietos, despiertos y más de alguno resentido, se queja de la calidad de los docentes, de la dudosa calidad de los conocimientos adquiridos, de la dudosa motivación de sus profesores o de la pertinencia de sus enseñanzas.
En esta disputa siempre engañosa creo entender que no hay respuesta posible, sólo puedo enumerar algunas inquietudes que se han ido transformando en el dolor de cabeza de quienes, como bisagra en este conflicto, nos hemos vuelto una especie de testigos cínicos. La causa es que actuamos de jueces en un proceso en que la responsabilidad que nos corresponde no está clara ¿cual ha sido el aporte real a la formación de diseñadores de acuerdo a nuestro “elevado nivel de exigencia” disciplinar?, ¿no son estos estudiantes el origen de nuestros ingresos?, y al ser así ¿cómo hacemos para satisfacer la demanda de educación de estos estudiantes y al mismo tiempo justificar su inversión monetaria en este sistema, del cual somos la cara visible?
Uno termina convencido de que algo está mal planteado, tanto en la quejumbre docente como en el resentimiento estudiantil, tanto porque en el compromiso primordial de la educación está implícita una promesa de entregar “algo”, un servicio, un producto que le abre caminos, puertas o le presta entrenamiento a quien lo pide y más aun paga por él. Por otro lado en tantas ocasiones la queja estudiantil se paraliza en el acto de expresarla que se tiene la impresión de que no vale la pena prestarle atención.

Epur si muove

Pero el diseño, por su cuenta, por la cuenta de quienes producen cambios en el hacer de las personas y sus instituciones se ha abierto camino hasta torcer la mirada de países y empresas. Apóstoles del diseño como el mismo Steve Jobs, Ideo, Frogdesign, Akio Morita y Masaru Ibuka no han construido un discurso teórico significativo, ni siquiera académicamente interesante, sino que instalando productos en la cotidianeidad y vendiéndolos, creando consumidores para sus proyectos han hecho que de pronto se hable de diseño. Cosa que no han hecho los libros, ni las discusiones teóricas, naturalmente, sino los diseños realizados y en consecuencia sus creadores.
Esta situación plantea, desde mi perspectiva una modificación sutil en el modo en que debemos escuchar lo que ocurre.
La historia y la trascendencia del diseño, sin lugar a dudas, se la debemos a la influencia de los objetos y las comunicaciones en la vida de otros. Mucho de lo que hoy decimos que es diseño sería imposible sin el proyecto y la producción de una idea que se abrió camino hasta la cotidianeidad del resto. Curiosamente cuando tratamos de indagar la “base teórica” de los diseñadores contemporáneos lo que encontramos se parece muy poco al estilo académico y a su lenguaje, de hecho no es raro descubrir que la educación formal de muchos de ellos ha sido incompleta. Su gran legado no está en el discurso, sino en su trabajo.
No quisiera hacer un puente hacia el conflicto enseñanza-aprendizaje del diseño, sin antes dejar en claro que así como hay muchísimos ejemplos de diseñadores “activos” que nunca completaron una formación académica, los diseñadores con título profesional o técnico no son minoría. El asunto a definir es si entre uno y otro hay diferencias fundamentales, o mejor dicho, si la enseñanza de tipo académica permite distinguirlos de una manera explícita por algún rasgo fundamental para la disciplina. Los ejemplos que mencioné sólo me sirven para apuntar a la “prescindibilidad” de una formación, un discurso y una jerarquía académicamente correcta.
Esto sirve para entender la desazón de mis alumnos, que llegado a un cierto punto del proceso de aprendizaje formal, sienten que han ido en una deriva sin un sentido del logro definido, como decía un colega en un taller al cual fui invitado: “pasamos año tras año de escuela en el nivel de flotación”. Supongo que esto se debe a que en dicho proceso formativo resulta imposible distinguir “hitos” relevantes, es decir diseños que hayan producido algo a alguien, productos que demostraran fuera de duda la competencia de cada uno de nosotros como estudiantes y aprendices de diseñador.

Por sus frutos los reconoceréis

La vieja creencia de que las intenciones se miden en los hechos pone contra la pared a docentes y alumnos y hace girar un círculo que se vuelve vicioso e impide darnos cuenta de un hecho capital: la enseñanza de diseño que carece de una aspiración a influir en la sociedad no tendrá jamás una política clara, ni un objetivo definido y hoy, en nuestra realidad económica y social, los resultados se traducen en productos, servicios y comunicaciones que surgen de la observación de los hábitos y conductas de usuarios, de un diálogo con la cultura entendida en su más amplia expresión. Observación y diálogo que se afirma en un proyecto y concluye en un diseño. Diseño que debe ser funcional, atractivo, estandarizable, en ocasiones inclusivo y siempre congruente con la necesidad que le dio origen.
Sin lugar a dudas el desafío es ser capaces de proyectar a los diseñadores -y a los aprendices de diseñador- a un ámbito que hasta el momento nos es familiar pero que no conocemos a fondo: la dimensión económica del diseño. En esta discusión académica solemos olvidar que la vieja ley de oferta y demanda tamiza todo discurso teórico y que el proceso de aprender a diseñar sólo va a medirse cuando haya algo en torno a lo cual discutir. Y ese algo, por perogrullesco que suene, son los diseños cumpliendo objetivos y con ellos los diseñadores haciendo diseño.
Suena lógico, pero anda tú a decir cómo se hace...

2 Comments:

  • Hola Álvaro.

    Me alegra que estés tocando este tema.

    Quizás, en cuanto a la educación del diseñador, uno de los aportes "simples" que se podrían hacer es no tratar al estudiante de "Alumno", sino como "Aprendiz de Diseñador".

    Me encantó el término, y una diferencia tan simple como esta puede llegar a abrir todo un mundo de nuevas posibilidades.

    By Anonymous Cristián Frenkel, at 2:48 p.m.  

  • yo creo que parte del descontento del alumnado (sobre todo de los "mechones) nace de la poca fe que hay en el diseño como disciplina. los que no creen en el diseño como disciplina son los que protestan, porque desconocen las magnitudes del trabajo en diseño e ingresan a la carrera (los mechones) pensando en lo que la sociedad reconoce como diseño y que adaptan como definicion y discurso. el que sabe (porque investiga) que el diseño es un campo vasto y explorable, saca sus propias conclusiones, sus propias definiciones.

    y existirá siempre esa queja de tipo "este profe no sirve de nada!" porque muchos profes y en realidad el sistema de educación en si, no los pone a prueba, no hay concursos.

    By Blogger Interferencia, at 5:12 p.m.  

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